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El otro amor del Che

Revolucionario iberoamericano (Rosario, Argentina, 1928 – Higueras, Bolivia, 1967). Ernesto Che Guevara nació en una familia acomodada de Argentina, en donde estudió Medicina. Su militancia izquierdista le llevó a participar en la oposición contra Perón; desde 1953 viajó por Perú, Ecuador, Venezuela y Guatemala, descubriendo la miseria dominante entre las masas de Iberoamérica y la omnipresencia del imperialismo norteamericano en la región, y participando en múltiples movimientos contestatarios, experiencias que le inclinaron definitivamente a la ideología marxista.


El che Guevara en una foto tomada en los 60, con su hijo Ernesto, su esposa Aleida March, su hijo Camilo y su hija Celia.

Es muy conocida la pasión del comandante argentino por la revolución. Pero es su viuda, Aleida March, quien revela el lado más tierno y romántico del legendario combatiente.

“Adiós, pero conmigo/ serás, irás adentro de una gota de sangre que circule en mis venas/ o fuera, beso que me abrasa el rostro/ o cinturón de fuego en mi cintura./ Dulce mía, recibe el gran amor que salió de mi vida/ y que en ti no encontraba territorio/ como el explorador perdido/ en las islas del pan y de la miel./ Yo te encontré después de la tormenta/ la lluvia lavó el aire/ y en el agua tus dulces pies brillaron como peces./ Adorada, me voy a mis combates”

Ernesto Guevara, conocido entre sus camaradas de lucha como ‘el Che’, tomó prestadas las palabras de un poema de Neruda y las grabó como regalo de despedida a su esposa en un casete protegido en un sobre bajo el título “Solo para ti”. Junto a la cinta dejó una serie de cartas para cada uno de los cuatro hijos de la pareja, justo antes de salir para el Congo, en 1965. Hoy, Aleida March Torres reconoce que en estos más de 45 años ha escuchado entre lágrimas sus declamaciones un sinnúmero de veces, para que el recuerdo de su voz profunda y gutural la siga acompañando.

Y si con poesía se despedía cada vez que partía a una difícil campaña, con poesía empezó también la relación. A finales de 1958, cuando la Columna Ocho, que estaba bajo su mando, acababa de tomarse la ciudad de Fomento y estaba a punto de librar una batalla contra las fuerzas de Fulgencio Batista en Cabaiguán, sin importar la tensión del momento, le declamó su primer poema: “Yo estaba de pie en la puerta de una fábrica de tabaco en las afueras del pueblo y, de repente, desde atrás, el Che apareció recitando unos versos que yo no conocía. Como en ese momento yo estaba hablando con otros compañeros, esa fue su forma de llamar mi atención. Quería que lo notara, no como líder o mi superior, sino como hombre. Era una de las maneras más hermosas que tenía para expresar sus sentimientos”, escribió March en sus memorias tituladas Evocación, publicadas en el 2007 en Cuba, pero que recientemente fueron editadas en Argentina y en el Reino Unido.

Una revolucionaria comprometida
La táctica surtió efecto, pues hasta entonces la joven cubana de 22 años veía al comandante con admiración, y pensaba que aunque físicamente “no estaba mal, parecía mucho mayor, pese a que solo tenía 30”, como le habría expresado a otra amiga revolucionaria cuando lo vio por primera vez. Para esa época, Aleida había trabajado como profesora, pero a la vez se dedicaba al activismo clandestino. Antes de conocerlo, se había acostumbrado a oír míticas historias del ‘héroe’ a través de programas secretos de radio y había memorizado su rostro gracias a los carteles de “Se busca” que empapelaban cada rincón de su natal Santa Clara. Ella misma era víctima de la persecución a las fuerzas rebeldes y por las órdenes de captura en su contra tuvo que huir de su ciudad y aceptó la misión encomendada por líderes del Movimiento 26 de Julio de llevar dinero y una serie de documentos para el grupo del Che en las montañas de Escambray, donde tenían el campamento base.

“Algunos de los guerrilleros me miraban asombrados y no podían imaginar qué estaba haciendo allí. Yo difícilmente parecía una combatiente, pues era una mujer bastante bonita (había sido Reina de la Primavera)”, cuenta March en su relato. Quizá por eso, en un principio Guevara sospechó que ella era en realidad una espía.

Pero March era una activista con todas las de la ley, comprometida con la causa, al punto de que para evitar que en el camino a las montañas nadie le robara el dinero encomendado, decidió pegárselo firmemente al torso, de manera que la escalada resultó ser bastante dolorosa. Cuando estuvo enfrente del comandante le anunció que tenía un paquete para él. A paso seguido, le pidió que la ayudara a remover de su cuerpo la cinta. “Tiempo después, el Che admitiría que cuando vio las marcas en mi cintura sintió una batalla interna entre el intachable revolucionario y el otro, el verdadero hombre, el vencido por la timidez, mientras pretendía ser el comandante intocable”.

En los días de su estancia en el campamento, Aleida manifestó su intención de convertirse en soldado y luchar, argumentando que su trabajo en la clandestinidad le daba suficientes méritos para eso. El Che se negó diciéndole que debía quedarse como enfermera, pues continuaban sus temores de que hubiera sido enviada por la dirección del movimiento en la provincia de Las Villas, que estaba conformado en su mayoría por personas de derecha, para monitorearlo, debido a su reputación de comunista.

El lado práctico del amor
Su percepción cambió cuando el grupo se preparaba para la ofensiva en Santa Clara, y él decidió invitar a Aleida a dar una vuelta en su jeep. Le dio un rifle y la convirtió en su asistente personal, “lo que significaba que difícilmente iba a estar en un combate, pero que siempre estaría a su lado”. Como una de las anécdotas graciosas de su función, recuerda el día en que el Che le dijo que tenían que ubicar un ‘Caterpillar’, o buldózer, para levantar las vías del tren y descarrilarlo cuando el dictador pasara. “Como buena asistente tomaba nota de todo lo que él decía, pero no tenía idea de lo que era ‘Caterpillar’ en inglés. Entonces anoté en español lo que pensé que había dictado: ‘catres, palas y pilas’. Cuando vio mi confusión revisó mis notas y no pudo evitar burlarse”.

En uno de sus tantos momentos a solas le habló de su vida personal, de su esposa Hilda Gadea, dirigente del Partido Aprista peruano y de su hija Hildita, y de cómo se había distanciado de ellas desde que se había ido de México. Pero la confesión más crucial salió de los labios del Che luego de que 340 de sus hombres se enfrentaran en una batalla suicida a tres mil soldados del Gobierno. Estos últimos se rindieron el primero de enero de 1959 debido a las tácticas de los rebeldes para dispersarlos e incomunicarlos. Luego de la hazaña, Fidel Castro le encomendó dirigirse a La Habana y en esas estaba cuando le dijo a Aleida que la amaba. “Aseguró que lo había descubierto en Santa Clara cuando temió que algo me pasara. Yo estaba muy cansada y medio dormida, de manera que casi no escuchaba lo que estaba diciendo. No me lo tomé en serio y seguro él esperaba otra respuesta de mi parte, pero pensando que tal vez había oído mal no quise repetir el incidente de ‘Caterpillar’”.

Aleida recuerda como un hecho memorable el momento en el que el Che tomó la comandancia de la fortaleza de La Cabaña,
complejo militar ubicado a la entrada de la bahía de La Habana. Y no solo por el triunfo de la revolución, sino porque tuvieron su primera noche juntos, “una noche de enero entró descalzo y en silencio a mi cuarto (…) El Che bromeaba diciendo que era ‘el día que la fortaleza había sido tomada’ y yo me había ‘rendido’ sin resistencia”. Cinco meses después, cuando su primera esposa aceptó el divorcio, Aleida y Ernesto se casaron.

Vida de renunciación

La viuda recuerda que vivían modestamente, que los regalos que les hacían él los donaba y que de sus viajes le gustaba llevarle piezas exóticas, pero artesanales. El Che prefería viajar solo, alegando que podía ser visto como un privilegio ante sus compañeros que fuera a sus giras con su esposa. Algunos conocidos del comandante han dicho que Aleida era una mujer difícil y terriblemente celosa de cualquiera que se le acercara a él.

Cuando nació su primera hija, Aleida Guevara, el Che se encontraba en un tour por los países socialistas. Su anhelo era tener un niño para ponerle Camilo, en honor de su compañero de lucha, Camilo Cienfuegos. Con su tono jocoso habitual le escribió a su esposa un telegrama diciéndole que “si era niña la tirara por un balcón” y luego agregó: “Tú siempre empeñada en hacerme quedar mal. Bueno, de todas maneras un beso a cada una”. Finalmente, nació su Camilo y luego llegó Celia. Cuando tuvieron al cuarto, Ernesto, el comandante estaba en Argelia. Para felicitar a la madre le envió una especie de telegrama en clave dirigido a Tete, como lo llamaban a él mismo de niño: “Tete, dile a tu vieja que no llegaré a cenar. Dile que sea buena. Dale un beso a tus hermanos. Tu viejo”.

Aleida recuerda las largas separaciones como los momentos más dolorosos
y hacía lo que fuera, como disfrazarse, para encontrarse con él en Tanzania o Praga, aunque él se mostrara reacio a la idea. “Dos letras. No es verdad que no quiera verte ni que huyera (…) No creí bueno que vinieras porque podrían detectarte, se notaría nuevamente tu ausencia de Cuba, porque cuesta plata y porque me afloja las patas”, le respondió él en una de sus comunicaciones. Tal vez ella tenía razones para no sentirse tranquila. En 1964 el argentino tuvo una relación extramatrimonial con una mujer llamada Lidia Rosa López, con la que tuvo un hijo, Ómar Pérez, a quien Guevara no le dio su apellido. Por otra parte, después de la fallida experiencia revolucionaria del Congo, durante su estadía en Praga, las malas lenguas dicen que tuvo una relación con la traductora argentino-alemana Tamara Bunke, conocida como Tania.

El incierto horizonte
El Che insistía en expandir una campaña de liberación a lo largo y ancho de América Latina. Su primer destino era Bolivia, pero antes, por recomendación de Fidel, debía ajustar detalles del entrenamiento de sus fuerzas en Cuba. Fue entonces cuando tuvo el último encuentro con su familia. Regresó con unas gafas gruesas y con relleno en el cuerpo para verse gordo y mayor. A sus hijos, que todavía estaban muy pequeños para acordarse de él, les ocultó su identidad con el fin de no ponerlos en peligro o para evitar indiscreciones infantiles. Se presentó en casa como el tío Ramón, un viejo amigo de su padre. “Fue uno de los momentos más duros para ambos, especialmente doloroso para el Che porque amaba a sus hijos y no podía tratarlos de la manera en que hubiera querido”. Aleida comenta que los niños pasaron el día felices con su supuesto tío. Aleidita, la hija mayor del comandante, todavía recuerda que en medio de los juegos se golpeó la cabeza y su papá no pudo evitar consolarla con excesivo cariño. Más tarde la pequeña le dijo a su mamá en secreto: “Mami, creo que ese señor está enamorado de mí”. Muchos años después, siendo una adolescente, su madre le daría a leer el diario que escribió su padre durante su juvenil recorrido por Latinoamérica, sin revelarle el autor. “Oye, este tipo me encanta”, habría admitido la niña.

Desde la distancia, Aleida recibió una carta que terminaba como siempre: “Dale un beso a los pequeños pedazos de mi carne y sangre”. La pareja pensaba que la separación solo sería cuestión de un par de años, pero fue definitiva. Ernesto, el Che Guevara, fue ejecutado en Bolivia. En ese momento, la viuda recordó un poema que su esposo había dejado escrito para ella antes de partir: “Adiós, mi única, no tiembles ante el hambre de los lobos/ ni en el frío estepario de la ausencia/ del lado del corazón te llevo/ y juntos seguiremos hasta que la ruta se esfume”.